Abue Tina

Por Gonzalo Vallejo Camacho.

Buen día, reciba un saludo. Café serrano es un espacio dirigido a la magia de la provincia, de sus costumbres y tradiciones, de su naturaleza y arquitectura, de la gente; y es precisamente en las almas y corazones donde se guardan los sentimientos más mágicos.

Esta ocasión dedicaré las líneas para contarle de una persona excepcional, una, como aquellas que marcan la vida y viven por siempre muy dentro de nosotros. Cada familia, cada hogar, es marcado de manera muy específica por esos ángeles que nos consienten, nos guían y nos brindan lo mejor de sí. Su género es indistinto y muchas veces vienen en pareja, los hay del lado materno y paterno, generalmente les decimos abue, tata, má, pá; es ese amor generoso que en ocasiones nos dura poco y otras veces Dios nos los presta muchos años, pero de una u otra manera su amor nos acompaña siempre.

Tal vez mi gusto por el café se remonta a qué en casa de mis abuelitas nunca faltaba una rica taza de él, cada quien lo hacía a su estilo, sabrosos todos, bien cargados de pan y cariño siempre; a veces acompañados de buñuelos, otras de tacos de sal y manteca o de ese pan de nuestro pueblo que aún sabe a recuerdo.

Tuve la fortuna de conocer a mis abuelos: Lupita, Gonzalo, Francisco, Tina y a la abue arrugas, mi bisabuela.

Cada uno de ellos con su propia historia, con sus vivencias, con sus detalles, con sus recuerdos… así como en la familia de usted.

Esta semana mi abue Tina, la única que aún vivía, concluyó su etapa terrenal. Todos tenemos un ciclo en este plano y ella cerró el suyo.

Hace muchos años cuando la ICA construyó la presa hidroeléctrica “Adolfo Ruíz Cortines” o Presa de la Soledad – esa donde actualmente se puede apreciar en un recorrido en lancha la magnífica vista de las luciérnagas –, puso, desde una caseta donde vendía antojitos y comida, los cimientos para brindar sustento a sus hijos. Mujer de principios que siempre vio en la educación la mejor herramienta de progreso individual y comunitario, le dio carrera profesional a seis hijas y un hijo, siempre con el compromiso que desde su trinchera cada uno de ellos fuera un transformador social. 

Seguidora de don Vicente Lombardo Toledano – ese ilustre Teziuteco que fue pilar del sindicalismo en México y América Latina – inculcó en sus hijos la conciencia y el sentido social. La abuela, a pesar de sólo haber cursado hasta el tercer año de primaria, fue siempre asidua lectora e incansable promotora de la lectura entre los suyos o de quien se cruzaba en su camino.

Allá por 1970, cuando mis padres se casaron, le dijo a mi papá: “mi hija es maestra, a ella no le gusta la cocina”, así, en aquellos años cuando en muchas familias a las mujeres se les concebía sólo para el matrimonio y el trabajo, en el hogar doña Justina se esforzó por crear conciencia en sus hijas sobre la importancia de tener una profesión.

Cada 24 de diciembre y año nuevo las reuniones tenían un agregado particular muy especial, empezando por la abuela y concluyendo con el más pequeño de los nietos todos teníamos que dar un mensaje y en ello nos llevábamos horas y horas, vendrían luego los chistes, los abrazos y la cena. ¡Que de anécdotas tenemos al respecto!, una muy en especial que me reservo y que sigue siendo tema en cada reunión. Se imagina con cuanta ansiedad esperábamos esas fechas, con cuanta ilusión deseábamos encontrarnos todos en torno a nuestra gran reina: la abue Tina. Sólo basta cerrar los ojos para volver a vivir esos momentos, 

Por supuesto que probar su mole de hongos era una delicia, comerse furtivamente uno de sus buñuelos toda una aventura y pasar horas en su mesa escuchando tantas historias era inigualable.

Doña Justina fue originaria de Jiliapa, una hermosa comunidad de nuestro municipio que en sus últimos años mencionaba con nostalgia. Cantar en su cocina “El pueblo unido”, “La rielera” o declamar interminablemente era fascinante. La abue fue sembradora, la semilla de la educación, de la justicia y de la democracia fue cuidadosamente regada y abonada por ella. Dio múltiples frutos. Su sangre solferina acompañó varias causas y luchas.

Fiel a su compromiso por la democracia, nos hizo diversos, plurales, críticos. Nos enseñó también a querernos, a ser solidarios, a buscarnos.

Si algo procuró sembrar fue amor; fue pródiga en brindarse, llenó de cariño a quien la rodeaba, su alma cobijó a muchas personas, sus brazos se extendieron de tal forma que nos hermanó con quienes sin llevar su sangre también la amaron hasta el último momento… la cosecha fue buena, rica en afectos, atenciones, sonrisas y abrazos.  Se fue sin pendientes, con la satisfacción del deber cumplido, rodeada de amor, de ese infinito, noble y bendito amor de una gran madre. Ya descansas doña Tina, ¡gracias por tanto!… nos leemos pronto.

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