Año Cero – Antonio Navalón

‘Impeachment’: punto cero

Publicado por el Financiero

El gran problema con Donald Trump es que nunca quedó claro cuáles eran los límites de lo que él es capaz de entender. Una vida basada en la especulación y en el juego corto, jugadas con gente que eran como él o peor que él. Mucho le benefició el regateo en corto, ganando sobre una serie de negociaciones que suponían comprar barato, vender caro; conseguir financiamientos y si podía dejar de pagar después, mejor. Además de lo que es más importante, que es acostumbrarse a recibir todas las semanas por parte de los sindicatos de la construcción amenazas, envites y chantajes.

Tachar al presidente de Estados Unidos de ser parte de la mafia es un insulto innecesario. Hay que recordar que Trump ha hecho toda su fortuna y su vida bajo hacer tratos con la mafia, ya que es un hecho histórico que así estaba configurado el medio ambiente de la construcción y del desarrollo urbanístico de Nueva York. Por eso, para Donald J. Trump el pedirle un pequeño favor a un presidente de un país extranjero no significa nada; es casi como hacer una oferta que no se pueda rechazar para otros hombres.

No hace falta saber si Trump ha leído la Constitución de Estados Unidos, sino creer que alguna vez, por lo menos cuando estudiaba, lo habría hecho. Lo que sí es seguro es que este ordenamiento, sus límites, la inspiración y lo que estipula no ha sido una de sus grandes preocupaciones. Desde el primer día, desde el primer insulto y desde todos los mexicanos, violadores o asesinos, quedaba claro que más pronto que tarde habría una confrontación superior con el ordenamiento jurídico del país que gobernaría.

El impeachment es algo que a mí me preocupa ya que no es la primera vez que este mecanismo sirve para reforzar a quien se lo aplican, como en el caso de Bill Clinton. Esta es el arma definitiva para corregir la desviación del poder de Estados Unidos. Un presidente es removible por tres razones, una de ellas es el abuso del poder, otra es por la pérdida de la capacidad mental para gobernar al país y la tercera es ser sorprendido en flagrancia en la comisión de algún delito. En cualquiera de los tres casos se considera y es estimado como una traición a la nación.

La primera traición es al espíritu de la ley y a todo lo que juró defender el mismo día que se convirtió en presidente. La segunda traición es al mal uso del poder, todavía hoy el más importante del mundo. La tercera es básicamente el conocimiento elemental de que, por más que le gustaría a un presidente que todo lo que él hace es legal, por definición –como se exteriorizó en aquella célebre entrevista televisiva de Nixon– años después de haber dimitido, todo lo que hace un presidente no es legal por definición. Lo legal es una cosa, lo político es otra y el abuso es otra. Cuando uno se llama Richard Nixon y miente, engaña y también –como este– tiene la costumbre de grabar o grabarse, puede acabar siendo víctima de su propia confusión, entre lo que es el poder del presidente y las limitaciones que la Constitución impone al poder de su presidente.

Trump puede ganar este impeachment y las siguientes elecciones, pero este juicio político no es sólo contra el presidente estadounidense, sino que es contra el conjunto del sistema político norteamericano. Los dos partidos tienen que tomar una decisión importante, si lo que los demócratas pretenden es hacer un instrumento electoral de esta batalla, seguramente la perderán y conseguirán que Trump tenga una mayoría absoluta en 2020. Por otra parte, si los republicanos siguen tapándose la nariz y no ven los riesgos de lo que significa tener a un hombre que no entiende la función para la que fue elegido ni muestra los respetos que debe a la Constitución, todos habremos iniciado el camino de la destrucción final de la gran república del norte.

Nunca una conversación había tenido tantos elementos para justificar la destitución de un presidente estadounidense. Pero el problema no es Trump –que habla y se comporta así porque nunca entendió– el problema es para todos los demás, para los que entienden, para los que son garantes, para los que sirven al espíritu y a la letra de las leyes estadounidenses y que son cómplices de una vulneración tan peligrosa como la que se ha producido. Pero además, este es un buen momento para hacer un punto y aparte en la lucha política y reconducirla hacia lo que realmente va a tener importancia a partir de aquí. Es momento de dejar a un lado el insulto y el balazo vía Twitter y establecer una estructura de gobierno que, aunque use las redes sociales, estas no sean una última apelación de la voluntad popular frente a los entramados legales.

En el espectáculo conviene no olvidar que siempre gana el que es capaz de hacer la barbaridad más grande sobre el escenario y hoy ese es Donald Trump. Sin embargo, los empresarios, los dueños del teatro, pueden decidir que por mucho que llene las gradas es demasiado peligroso tener un domador de leones que lo que hace es subirse sobre ellos y pasearse por los pasillos del teatro. Porque nunca se podrá garantizar en qué momento los leones comenzarán a comerse a los espectadores.

Hemos llegado a una situación crítica, una situación que no tiene una salida difícil, sino que en realidad es sencilla. En la propia grabación – hasta lo que se conoce – existe una razón representada y expuesta para llevar a cabo el impeachment. Al mismo tiempo está presente la confusión y el adormecimiento moral de las sociedades para saber si el juicio político se planteara en términos de supervivencia del sistema y de la república del norte o si se planteará como una batalla política electoral más para saber quién conseguirá ocupar la Casa Blanca en las siguientes elecciones.

Si Trump gana esta batalla es absolutamente inimaginable qué es lo que pueda hacer a partir de ahí. Porque si no es delito solicitar pequeños favores a los jefes de Estado de otros países para acabar con sus competidores políticos, entonces ya casi nada será delito. Y por lo tanto todos, empezando por sus propios socios, estarán en peligro de desaparición después de haber sepultado la obra de los Padres Fundadores y de haber traicionado el espíritu de las leyes de Estados Unidos de América.

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