El Último en Salir que Cierre la Puerta

Los meseros de los restaurantes de Puebla están buscando empleos de choferes.
Sus centros de trabajo han cerrado.
Ellos, en consecuencia, no cobrarán propinas durante varios días.
Todo mundo lo sabe:
Su mejor entrada es la que sale del bolsillo del cliente.
El salario que reciben, faltaba menos, suele ser raquítico.
Ésta es la verdadera pandemia que ataca a los asalariados: el quebranto de sus fuentes de trabajo.
El señor que vende gelatinas afuera de la Secretaría de Finanzas ya no tiene a quién venderle.
Sus clientes potenciales han dejado de acudir a pagar sus trámites.
Y más:
Algunos empleados que entran en el perfil de vulnerables ante el Coronavirus también han dejado de presentarse.
El señor de las gelatinas, en consecuencia, no tiene a quién venderle.
Y eso lo mete en una pandemia:
En la pandemia del quebranto económico que ya empieza a atacar a este país.
Uno de ellos se sincera.
(Un viene-viene).
Si no hay dinero para comer, tendremos que robar para comer.
Ése es el verdadero coronavirus para una buena parte de la población informal, que sigue siendo mayoría.
(En el país de la formalidad engañosa, todos somos informales).
La lógica es cartesiana:
Pienso, luego existo.
Es decir:
Trabajo, luego como.
Es decir:
No como, luego robo.
Como en una pesadilla orwelliana, se avecina una rebelión en la granja.
(Todos éramos tan felices hasta que fuimos infelices).
El enojo avanza.
Las resistencias se agotan.
Los estímulos han dejado de servir.
Tenemos la mala costumbre de comer.
Y quien no come termina por buscar comida en los basureros.
Y en éstos hay dos sopas:
El asalto a mansalva o el asalto a mansalva.
La señora de los sopes, en Camino Real, ha perdido clientes.
Pero ella sigue invirtiendo en la masa y en los frijoles.
En los tomates, en los chiles serranos, en el jitomate deslucido.
Invierte, luego existe.
Invierte, pero no gana.
Ha dejado de tener clientes.
Sus pérdidas son similares a la Bolsa de New York.
Su moneda está peor que el peso mexicano.
Tenemos la mala costumbre de desayunar, comer y cenar.
La peor tortura es irse a la cama sin comer.
La pandemia, la verdadera, la terrible, llegó a nuestras mesas.
Hay grasa, sí, pero no hay zapatos que bolear.
Al cerrar los restaurantes no sólo pierde el dueño.
Pierden, también, los cocineros, el chef, las galopinas.
Pierden el barman, el sommelier, la contadora.
Pierden el valet parking, el viene-viene, el gendarme de la esquina.
Pierden los proveedores de frutos y verduras, el carnicero de vacas educadas, el profesor del jabalí ilustrado.
Pierden los pescadores, el señor del ostión, el del transporte.
Pierden las tortilleras, los inocentes panaderos, el que lava los manteles.
Todos pierden.
Todos perdemos.
En esta cadena del hambre, la auténtica pandemia se llama recesión.
Ésa en la que ya vivimos.
No ha llegado a fondo el coronavirus a Mexico.
Dicen que en abril sobrevendrá con furia.
(Abril es el mes más cruel: Eliot).
La otra pandemia se adelantó en el viaje.
Y viene pintada de sicario.
Un sicario sin alma y con cojones.
El último en salir que cierre la puerta.
Día 10 de la cuarentena. Hay pozole en el refrigerador.
Pienso calentarlo y comer un poco.
Me detengo.
Es de puerco.
¿No es el puerco el causante del coronavirus?
También hay caldo de pollo.
Me digo que comeré un poco.
Me vuelvo a detener.
¿No fue un pollo la primera víctima?

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