La Ciudad que Inventaron los Estudiantes Poblanos

La crónica de la marcha estudiantil de este jueves en Puebla podría irse por esta narrativa:

Son muchos. Vienen a pie, vienen riendo. (…) muchachos y muchachas estudiantes que van del brazo en la manifestación con la misma alegría con que hace apenas unos días iban a la feria.

(…) Aquí vienen los muchachos, vienen hacia mí, son muchos, ninguno lleva las manos en alto. (…) Vienen hacia mí con sus manos que levantan la pancarta. (…) Todos vienen en filas apretadas, felices, andan felices, pálidos, sí, un poco borroneados, pero felices.

Podría irse por ahí esta crónica, sí, pero Elena Poniatowska la escribió y la publicó en 1969 en un libro que no envejece: La Noche de Tlatelolco.

Los jóvenes que hicieron la marcha más grande en la historia de Puebla son como esos jóvenes a los que describe de manera tan exacta la autora de tantas novelas entrañables.

Fue una marcha alegre pese a que estaba llena de tristeza porque nació del asesinato de tres estudiantes y un chofer de Uber.

Fue una marcha inédita porque nadie, ni los partidos políticos ni las autoridades, habían organizado algo tan brutal, con tanta concurrencia, con tanto orden, con tantos adjetivos que no caben en ningún periódico.

Son los mismos que en la más reciente elección federal cambiaron el rumbo del país y le dieron al presidente López Obrador la votación más alta en la historia de México.

Pensamos que habían votado y se habían retirado a sus habitaciones, como buenos milenials.

Pero no, ahí estaban: en espera de algo como lo que vimos este jueves para salir a las calles y tomarlas como si fueran suyas.

Por un día les quitaron las calles a los ladrones, a los asesinos, a quienes nos han venido quitando el derecho de vía, el derecho de tránsito, el derecho a esa felicidad pequeña, minúscula, que consiste en ir y venir por la ciudad que uno ama y en la que uno vive.

Eran miles y fueron convirtiéndose en decenas de miles en pocos minutos.
Y en ese aire de frescura nos fueron envolviendo con la magia que tienen setenta mil u ochenta o cien mil gargantas al unísono.

Y envolvieron también las redes sociales —las hicieron estallar—, y a quienes a su paso no daban crédito y abrían los ojos con un asombro jamás visto.

Porque la del jueves fue una marcha que nació emblemática y sin dueño: marcha ciudadana como nunca antes habíamos visto.

Cosa curiosa: los jóvenes que retrata Poniatowska parecen no haber envejecido.

Da la impresión de que siempre estuvieron ahí, en las calles, madurando el fruto de la fe, de la esperanza, de la auténtica lucha ciudadana.

Este jueves nació un nuevo ejercicio de debate público, sí, pero también una nueva ciudad al paso de esa oleada.

Y nadie puede llamarse dueño de esas multitudes, nadie puede atreverse siquiera a cambiar la narrativa.

(Quien lo haga, morirá en el intento).
Quizás mañana vuelvan y sean como Espartaco y sus huestes: miles, decenas de miles, miles y miles de Espartacos.La Actitud del Gobernador. Así como la marcha fue inédita, también lo fue la respuesta de Miguel Barbosa Huerta, quien no dudó en escuchar a los estudiantes ni en entrarle a este toro de Miura.

En otras palabras, no hubo represión ni balas de goma, y mucho menos piedras de “grueso calibre”.

Sí hubo, en cambio, capacidad del gobernador para el diálogo y los acuerdos.

Pudo, a la vieja usanza, enviar una comisión que se entrevistara con los manifestantes.

Lejos de eso, salió personalmente a atenderlos.
Eso también marcó la diferencia.
Muchos días de éstos para Puebla.

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