Maestra Nievecitas

Nuestra historia nacional se construye con las ideas y acciones de millones de compatriotas que guardamos, sin querer, en el altar del anonimato, porque su humildad personal así lo sugirió.  Eso no significa que merezcan nuestra gratitud generacional y los reconozca nuestra inteligencia individual y colectiva.

El 15 de noviembre de cada año, los poblanos recordamos el sacrificio de maestras y maestros en defensa de la escuela pública, para que se respete como espacio de libertad, el único más seguro para la humanidad y aprecie la dignidad de quienes entregaron su vida al magisterio.

Es difícil construir razón en una lucha armada entre hermanos. Pero es muy fácil reconocerla cuando el saldo contribuye al retorno a la concordia inteligente y honesta.

Un humilde cura de pueblo me confirmó con toda la autoridqd moral de más de 60 años de sacerdocio junto a su pueblo y dentro de sus luchas sociales:  ¨Matar es pecado máximo que no admite clasificaciones ni temporales ni ligeras¨. ¨matar en nombre de Cristo, o en contra de Cristo..¨dijo, ¨no admite perdones ni en la moral más ingenua o irresponsable..¨

La segunda Cristiada fue eso y lo seguirá siendo en la memoria histórica de los mexicanos. No es indispensable hurgar en razones religiosas ni buscar fundamentos en el dogma. Solo refugiarnos en el barro del que estamos hechos.  En 1935, el general no resistió la tentación de su filias ideológicas personales y los jerarcas católicos, de ese entonces, tampoco y al menos en nuestra comarca auspiciaron el enfrentamiento.

Maestros rurales asesinados o amputados frente a los niños de su clase. Maestras vejadas en su dignidad, golpeadas y amenazadas también frente a los niños de su clase.  Tres maestros se convirtieron en icono de la lucha del magisterio en la defensa de la escuela pública. Carlos Sáyago Hernández, Carlos Pastrana Jiménez y Librado Labastida Navarrete, alcanzaron registro personal en nuestra historia y de los demás,  Pepe Leon Ramírez Benavides, que guío el cortejo funebre hasta Catedral de Teziutlán, y pronunció la oración mas oportuna y significativa frente a sus cadaveres, después de resistir, guardó respetuoso silencio hasta su muerte y solo a pocos comentó y Atalo de Santillana custodió esta nefasta etapa y logró  que el sacrificio de los maestros no perdiera significado en la perversidad de esos días y se convertiera en patrimonio histórico.

De lo que mi tío Pepe Leon y otros venerables maestros ancianos me comentaron, contraje el compromiso de hacer, que algún día, recordemos a las maestras víctimas de los Cristeros.

Su sacrificio no fue efímero, fue más valioso que la muerte, porque lo que vivieron a manos de esos pistoleros que Jesús no hubiera admitido como seguidores, lo guardaron en su pecho, ïn pectore¨, como se dice en vaticano.  Convivieron con ello todo su magisterio y su vida. Pero su abnegación transformó el dolor en energías para continuar educando, muchos años siguieron siendo maestras y su entrega a la niñez y a las ideas de libertad fueron su mejor reivindicación. 

Ahí en ese ejército de maestras, asesinadas, ultrajadas, secuestradas en nombre de Viva Cristo Rey!, estuvo la Maestra Nievecitas González, un modelo de cabalidad total a sus objetivos magisteriales, un ejemplo de valor para educar, pero sobre todo, un arquetipo de integridad y eficiencia a la educación que después de haber sido golpeada en su escuela rural, fue secuestrada y recibió toda clase de vejaciones.

 Aún me parece verla cuando paso por nuestra Escuela Hidalgo, oír su  voz fuerte, observar su disciplina de acero al recibirnos en la entrada, su evidente pasión para que aprendiéramos y su incansable entusiasmo cuando ensayábamos los bailables o revisaba los trabajos manuales.

Pero la maestra Nievecitas nos heredó más.  Su vida debiera ser un testimonio vivo del valor de la laicidad, que coloca en sus respectivos espacios, ideas y creencias y que no las pone a pelear o contradecir, las integra en un todo que se traduce en servir, en todos los aspectos al desarrollo humano.

Su catolicismo fue tan firme y concreto, que nunca dejó de practicar su religión,  su otro credo, al que en la misma Catedral de Teziutlán o en su barrio del Carmen, siempre sirvió, como catequista, como la más entusiasta organizadoras de las fiestas religiosas y cuidadora de las tradiciones teziutecas en esas estupendas Pastorelas que siempre perpetuó, y de las cuales aún recuerdo aquellos versos que como pastorcitos dedicábamos  al Dios niño, después del riguroso rosario a la Virgen y antes de que ella y otras santas mujeres nos regalaran los aguinaldos: dulces sin papelito, cacahuates, galletas de animalitos o de cucurucho o nos formaba para pasar a quebrar la piñatas, de las buenas, las de olla de barro y con su respectivo ponche de frutas para mitigar el frío, cantar y vivir la  ilusión de todo niño, que, admito, nos volvía más católicos en diciembre en aquellas noches de las posadas y los acostorios.

 Y en éste día, que recordamos el sacrificio de los maestros mártires de la Educación, reconocer en el ejemplo de la maestra Nievecitas, a todas las mujeres maestras que en resilencia aseguraron la educación pública, laica y gratuita para todos.

Estamos en deuda con la maestra Nievecitas, no cabe duda, ella nos enseñó la libertad que nos da la Educación, es la razón y dignidad del humano y nos permite cumplir nuestros sacros deberes como ciudadanos de la patria y también del cielo, que se puede, claro que se puede, así nos lo enseñó con su vida.

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