Mi decálogo preferido

MARIO MARTELL

En la famosa película Los Diez Mandamientos de Cecil B. DeMille, un Moises hollywoodense, cuyo protagonista era Charlton Heston, descendió del Monte Sinaí con la Tabla del decálogo.

Para una generación formada bajo la filmografía religiosa, la escena quedó grabada en nuestro inconsciente colectivo. Es así que cuando uno acudía al catecismo y la monjita de marras hablaba de los diez mandamientos, uno de inmediato recordaba la secuencia fílmica.

Seguramente la imaginación de Cecil B. DeMille iluminó las clases de catecismo de toda una generación de infantes cavernarios y quizá de otros infantes blue demoniacos.

En el mundo de la imaginación poblado de súper héroes, deidades mitológicas, rockstars de eterna juventud y sueños criogénicos que embalsaman nuestras pesadillas tecnocráticas, siempre se impone la moral de la clase dirigente en turno.

Por ejemplo, durante el sexenio de López Portillo, cuando jugar tenis era deporte nacional y los conciertos de doña Margarita eran la escuela musical por excelencia, el entonces presidente acuñó su propia moral política, ergo “la moral de la nación”.

“La solución somos” todos dijo el presidente y para demostrar su heroísmo patriótico clamó:

“Defenderé el peso como un perro”.

En ese par de consignas López ¨Portillo concentró el Sumumm Bonum del sexenio.

Entre la bonanza petrolera que nos alcanzó como destino, el presidente quiso legar una moral a la nación.

Años después con inmejorable acierto, el cineasta polaco Krzysztof Kiewslovski reivindicó la reflexión estética en su conocidísima saga del decálogo para la televisión polaca.

La audacia narrativa de Kiewlosvski propuso una reflexión sobre los límites de lo humano en un mundo heterogéneo y cambiante

Sin lugar a dudas, cuando un presidente inventa un decálogo está dando rienda suelta a su catecismo interiorizado.

El fulgor evangelístico de un creyente pietista se arriesga a iluminar la pluralidad moral de una nación.

Ya hubiera querido el Opus Dei contar con una voz presidencial para difundir sus creencias éticas.

Los sueños de la moral son muchas veces las pesadillas de las noches de la razón.

Desde lo público el estado liberal postuló que los ciudadanos desarrollaran su autonomía moral.

Para eso inventaron las constituciones, documentos que reflejan los sentimientos de una nación, pero que restringen, la visión moral al ámbito de lo privado donde cualquier decálogo debería quedarse.

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